lunes, 28 de julio de 2008

Sí, en Australia también nieva

Australia, “paraíso del sol, playa, surfers, calor...”. Qué????,...No,no,no,no,...por favor que nadie se venga a error con esto. Que nadie se engañe porque como todo hijo de vecino Australia también tiene sus pros y sus conts. Y efectivamente, cuenta con un invierno fresquito, lluvioso, y sí, también nevado. Si bien es cierto que no creo que vaya a ver nevar cerca de la puerta de mi casa, el finde pasado decidimos ir a comprobar personalmente que en algún rincón de este país también nieva. Tras dejar al Papa y sus peregrinos con sus trajines, decidimos hacer nuestro peregrinaje propio y escapar (solo por casualidad) al punto más lejano que daban de sí dos días. Y podríamos haber ido más lejos pero no más alto porque sin más dilación nos plantamos en las montañas más altas del continente australiano. Pero sin escandalizarse, eh, las Snowy Mountains y concretamente el Mount Kosciuzsko mide 2.200 metros, es decir, unos 1.000 metros menos que nuestro Teide, es decir, nada que temer. Nos adentramos por el interior del país, donde lo que más me apasiona son esas ovejas pelonas que tienen, nada que ver con esos pellejos que tenemos por la Mancha. No pudimos evitar una parada y un empezar a recopilar amigas sin parar. Bajando de todo el monte y plantándose enfrente de nuestro coche no sé aún si nos retaban o si querían vengarse por los calcetines de lana que nos acabábamos de comprar al montón. La cuestión es que a partir de ese momento por el caminillo íbamos ya 308, nosotros 6 y las 302 ovejas que nos seguían. Y muy a pesar de su simpatía tuvimos que dejarlas allí porque ya estábamos a un paso de la “casa” que nos esperaba en medio de ninguna parte, una especie de camping donde sigo apostando lo que sea a que estábamos solos...Una casa acogedora, a lo “Cuéntame” por varios detalles poco menos que puntillosos. Digamos por ejemplo que la calefacción central prometida resultó ser una estufa en medio del comedor, y que hicimos verdaderos milagros en esas sartenes que mi abuela nunca llegó a conocer. La verdad es que el resort contaba con lo último de lo último, también con un Corte Inglés con sección ropa, joyería, comida, congelados, aparatos de pesca, perfumería,...Quitando la Domingona y la Buena Estrella, jamás he visto como 4 metros cuadrados daban tanto de sí.
Tras dar una vuelta por el resort, el centro comercial este, el lago y todo lo demás, nos pusimos manos a la obra con lo sí que puede ser una buena tarde de invierno. Ibamos preparados para lo que fuera. Unos chorizos parrilleros, castañas, pipas, palomitas, chuletas de cordero, orujo gallego y queso manchego (con los que Dani arriesgó su vida cruzando la aduana), tortillas, patatas, chuletones, vino....un trivial, scartergoris, cartas, y por si aún fuera poco, el dueño de la urbanización que acabó en nuestra casa contandonos sus historias, un noruego con la auténtica apariencia del abuelo de Heidi, que me imagino además que cuidaba de algunas de las ovejas que ya teníamos en propiedad. Se pasaron las horas, las tardes y las noches...comiendo, bebiendo, jugando, haciendo trampas...hasta que pensamos que por el bien general mejor acostarse.
Amaneció tarde al día siguiente, qué decir...unas buenas totadas de Nocilla con Carlos Cano y listos para echar el día. En busca de la buscada nieve llegamos por fin a las Snowy Mountains y sí, ahora sí puedo decir que en Australia también nieva, y lo que es más difícil oye, en julio... Y no, ni fuimos a esquiar, ni hacer snowboard ni nada de eso. Tras conocer a las ovejas, la casa y el abuelo, nos pillamos una réplica del trineo de Heidi para tirarnos montaña abajo. Si bien es cierto que la montaña se acababa pronto, y por tanto el único riesgo que asumimos fue el de muerte por hipotermia. Nos cayó una nevada que a mí casi me deja ciega. Los pies como chuzos de punta. Aprovecho para decir que si alguien por favor me quiere mandar algún detalle (no muchos más porque me estáis saturando), que me mande un brasero.

Tras la experiencia nos subimos en el coche con el único consuelo de esa tortilla de patatas que nos esperaba. La tortilla y la casa a cuestas porque todo sea dicho, a pesar de ser 6, en aquél coche de 8 no cogía ni un alfiler más. Entre el equipaje, los juegos reunidos, los chorizos, los guantes, las almohadas, los calcetines y otros pocos trastos parecía que en vez de 2 días al monte, nos habíamos ido 2 semanas a Benidorm...Y con todo eso volvimos a Sidney, a nuestros trajines, a la civilización, al asfalto de alquitrán, a seguir lidiando otra vez con este frío invierno de julio.

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