viernes, 31 de octubre de 2008

Beatrizz!!

Bueno Beatriz, sé que por tu documento de identidad tengo dos días de márgen para felicitarte. Sin embargo, no estaría bien que fuera la última en hacerlo. Te iba a decir lo que he hecho de menos las tapitas del Pilio, aunque acabo de darme cuenta que en mis últimas felicitaciones solo hablo de comida (creo que tengo un problema). En ese caso te lo cambio por unas copillas y un baile pachanguero de esos que aquí no conocen, la vaca por ejemplo. Me tienes que poner muy al día, eh. Bueno, muchos besos y muchas felicidadess!!

jueves, 30 de octubre de 2008

Para Lourdes (alcaldesa del Pedernoso)

Estimada Lourdes, con retraso, que no con menos emoción, procedo a felicitarte oficialmente por tu Cumpleaños. Esperarme por Tresjuncos con un buen perol y una vaquilla, que vuelvo con fuerzas :) Los karaokes no son lo mismo en locales clandestiones de Chinatown.
Besos!

jueves, 23 de octubre de 2008

Próxima parada: Darwin

Paramos otro rato para alejarnos de nuevo de la gran ciudad y del ruído de los coches, de los eternos semáforos, de la supuesta civilización. Una vez más subidos en la máquina del tiempo, para nosotros cualquier línea aérea, a menudo la que más barata salga cuando los impulsos de viajar empiezan a tirarnos de la silla de la oficina. En este caso decidimos que lo mejor era volver al estado de Nothern Territory, allí donde lo urbano brilla por su ausencia, un sitio donde la naturaleza más salvaje te recuerda de nuevo que estás en Australia y no en La Mancha (donde lo más salvaje que puede ocurrirte es que se te cruce un oveja mientras atraviesas conduciendo la impoluta autovía de los viñedos).

El sitio elegido era Darwin y alrededores, en este caso la tierra del conocido “Cocodrilo Dundee”. Concretamente nos dirigimos hasta el Paque Nacional Kakadu, Patrimonio de la Unesco, un parquecillo pequeño con una superficie similar a la del estado de Israel.


Preparamos el antimosquitos, las cuerdas, las redes, cuchillos, tranchetes, arpones...todo listo para mimetizarnos con la vida salvaje del que advertidos íbamos, era ejemplo visitable de la Australia más profunda. Digamos que de un día para otro tendríamos que empezar a convivir con 60 especies de mamíferos (desde dingos hasta búfalos), 40 especies de agua (de los cuales calculo que 40 eran especies de cocodrilos merodeando las costas), 280 especies de pájaros, 1.600 especies de plantas, y atención, 10.000 especies de insectos...Pero Dios mío!!, ese recuento se ha hecho ante notario??


Sin tener la fortuna de conocerlos a todos, pudimos saludar al menos al señor cocodrilo, a las señoritas ranas, también a listillos águilas, a la familia bufalo, a los inquietos canguros...a salvajes caballos, a los antipáticos dingos, a enrevesadas serpientes... y como no... a la universal mosca cojonera en continua lucha por descansar sobre tí contra los insaciables mosquitos que se sirvieron al menos 2 litros de sangre por persona. Tampoco me olvido de la inmejorable compañía de hormigas, abejas, mariposas, y otros tantos hasta 10.000 como la gran millonada de termitas que trabajaban para decorar el parque construyendo termiteros de más de 3 metros de alto en algunos casos.
Sobre plantas puedo decir poco porque me defiendo menos...lo que sí descubrí es que hay vida más allá de los geranios del patio de mi abuela. Entre 1.600 plantas se escondían las más exóticas, raras, bonitas, medicinales....de hecho los antiguos aborígenes usaban muchas de ellas para sus unguentos y curas. De todas ellas probamos alguna como la fruta de la pasión. Como postre a este manjar, nos tomamos la libertad de chupar la cabeza (o el culo, quien sabe) verde de unas hormigas que al tacto con la lengua dejaban un dulce sabor a lima en la boca. Que nadie se asuste por favor, que para todo esto ya nos acampañaba un guía encargado de que probaramos solo los insectos y plantas cuyas propiedades venenosas pudiesen ser toleradas por nuestros cuerpos.




Este nuestro guía, George de la Jungla para mí, se encargó de enseñarnos a lo largo de 3 días, los secretos más increíbles de aquel parque. Todo ello en un Land Rover bajo 40º de justicia, cruzando campos de tierra, plantas y algún que otro charco con los avisos de Caution por ese bichillo que empieza por “coco” y acaba por “drilo”.
Para empezar los infinitos paisajes donde nos sentimos con complejo de Rey León. Para seguir los billabongs (de ahí la conocida marca de ropa), que digamos que eran pequeños lagos encerrados entre las rocas de las montañas, que se van creando y cambiando con el curso de los ríos, en este caso, según la época de lluvias (no soy muy buena explicando este tipo de cosas, ya lo sé). En estos billabongs nos bañamos, buceamos y hasta hubo quien se atrevió con los saltos mortales desde los peñascos más elevados.




Una de las cosas por las que necesitabamos a George de la Jungla, es porque más que nadie sabía en qué billabongs podiamos bañarnos sin el peligro de ser acechados por ningún animalillo de la raza cocodrilo. Y es que si en Australia hay cocodrilos, digamos que al Kakadu le sobran ejemplares. A menudo los tiburones se llevan la peor fama en este país, pero digamos que los cocodrilos tampoco son amigos de fiar. Pueden medir entre 1 y 5 metros, de que no más, y de un simple movimiento pueden desplazarse el doble de su tamaño. Así que total para que te pillen pensando en otra cosa! Por suerte nuestra precaución nos tendió la mano y volvemos con todos los brazos puestos.




Aparte de los billabongs, también nos bañamos bajo cascadas, flipamos con los atardeceres de las Water Yellow y visitamos las pinturas aborígenes sobre las rocas del lugar. Estas se conservan como tesoros por haber sido pintadas hace muchos muchos años, y porque supuestamente reflejan las creencias y la cultura de los aborígenes que antes que llegaran los inglesitos ocupaban la zona. Me imagino aquella madre diciendo: “nene, te he dicho mil veces que no pintes las paredes”. Quién le iba a decir entonces que cientos de años después andaríamos allí todos los guiris de turisteo...:)

Tras largos días ya medio asalvajados, sin apenas manchas en la ropa y la piel, (sí muchas más que las que puedas recopilar tras un largo día de vendimia) llegaba la hora de acampar, buscar un lugar tranquilo, con restaurantes, duchas, donde descansar de tanto animalico...Un segundo... eso es tal vez lo que soñaba en aquel momento...Y es que al final ni restaurantes, ni resort, ni duchas ni nada de nada. Acampada libre a palo seco. Dicen que de perdíos al río, (que sin seguirlo al pie de la letra por la cuenta que nos tenía), sí fue la tónica a seguir para integrarnos más que nunca en la cultura, cuál animal más de la fauna que nos rodeaba. Plantamos las tiendas, cocinamos de todo (incluido canguro del que aquí tanto sobra), bebimos, hablamos, hablamos y hablamos hasta que fuimos cayendo como moscas reventadas de haber caminado un mundo.

sábado, 11 de octubre de 2008

Ooooleeeee

No voy entretenerme de nuevo a explicar todos esos pequeños detalles que desde aquí se acaban echando de menos, pero desde luego que hay cosas que sin esperarlas, despiertan en esta población de expatriados un interés especial.

Recuerdo ver las lágrimas caer cuando aquí, donde aún tienes que especificar que España está en Europa, vimos los carteles de una española inundando las calles de Sydney. Nos faltó tiempo para reservar las entradas y preparar nuestros ojos para disfrutar de la gran Sara Baras.


Me ofendería saber de alguien que no conozca a Sara Baras, aunque por si acaso, dejo este link de la wipi: http://es.wikipedia.org/wiki/Sara_Baras


El caso es que llegó, llenó la Opera de Sydney durante 4 días seguidos con su espectáculo flamenco, y no solo eso, sino que además arrasó y puso a toda esa Opera en pie.

Y a continuación el por qué...

jueves, 2 de octubre de 2008

Con banderas a media asta....

Estos días tenemos la bandera a media asta tras sufrir la marcha de tres desertores que abandonan la tierra del cocodrilo Dundee para volver a la cuna de las patas de jamón colgando, de las cañas con tapa, del chorizo original... Al Mediterráneo, al paraíso de las siestas, de las castañas de invierno y de la horchata de verano...

Mientras aquí nos quedamos sin Juanjo, Ana y Susana, sin informático, sin doctora, sin traductora, sin Agencia Juanjo, sin abuela cebolleta, sin peluquera...Nos tendremos que apañar sin supermán, sin buscadora de amigos anglo-parlantes, sin proveedora galga galguísima de chocolate...También sin buscador de horas felices, sin fotógrafa, sin "su vip", sin "piso de tres habitaciones"... Me quedo sin croquetas, sin muffis, sin burritos, sin chorizos a la parrilla (reeli, reeli good), sin brazo/bolso de Sus, sin sofá, sin cocina vip, sin casa de refugiados... Se me van los inspectores Gadget, el siempre online radiopatio, el salta otra vez que no sales, my family de acogida, el resto de la pelota...

Me conformo porque Ana verá por fin a la salá de su madre y a su hermano Nacho en la tele, aunque el día en que la conozcan acabará quitándole el puesto...Y porque Sus conocerá de una vez a Albertito, que ya es sobrino de todos y que va a ser el sobri más mimao del mundo...Me conformo también porque aunque sin Juanjo mi ordenador es un caos, sé que la Lola y su Almería van a disfrutar más de su vuelta que con la salida de Bisbi de OT (porque oiga, nada que ver...)
Nos vemos dentro de un rato!. Muaaaaaak
Detalle de foto de izquierda a derecha del Equipo A: Juanjo, Bego (que se queda conmigo aguantando mecha), Ana, Sus, y yo misma.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Islas Fiji (segunda parte)


Día cuatro


El lunes no fue un lunes cualquiera. De hecho, fue lo más lejano posible a un lunes legañoso y aburrido. Aquél día Bill nos iba a llevar a conocer más a fondo las lindezas de vivir como salvajes.
Arrancamos la barqueja y para empezar paramos en una isla con cuevas sobre el agua, o con agua dentro de las cuevas...En verdad se me hace difícil explicar el concepto. Lo primero que nos encontramos nada más entrar a las cuevas fue a los negritos saltando al agua desde al menos 4 o 5 metros de altura, donde subian enganchados a las piedras como auténticos monos. Tras ver esos saltos estoy segura de que si no acaban en las Olimpiadas es porque no tienen fondos para financiarse...Bueno, a lo que iba, que nos adentramos en las cuevas y dice Bill que nos va a enseñar una muy chula. Yo emocionada hasta que veo que ahora somos nosotros los que tenemos que subir en plan monos, pisando descalzos sobre piedras insufribles hasta alcanzar el agujero de la cueva, por el que ni pasando de canto tenías anchura suficiente. Me estaba negando hasta que me dí cuenta que la cosa iba en serio. Subí con tanta soltura que de nuevo descubrí cosas de mi cuerpo que no sabía. Que jamás me habría planteado yo que podían salir cardenales en las plantas de los pies...Y sí, aquellos morenitos evidentemente tenían un callo en los pies más fuerte que la suela de mis deportivas, pero yo, que pisando una china rabio, lo de menos fue que me saliera un cardenal por pisar sobre las rocas de punta. Con una linterneja ya dentro, no tardé en descubrir que ese había sido el obstáculo más fácil por el que tendría que pasar para salir de allí. Gracias a Dios que igual la cueva tenía 10 metros de recorrido, porque si no Bill se come la linterna. Aún así repetimos en otra, con mucha más anchura, más fácil, mejor. Y una vez superada la prueba de fuego pues la verdad es que no fue para tanto. Así que si alguna vez, por cosas del destino decidís terminar allí, no dudeis en entregaros porque merece la pena....

Tras salir de las cuevas, partimos en busca de otra isla, la del poblado más grande de la zona, la gran urbe. Pero un poblado de verdad, sin nada de turisteo ni cosas de esas. Estaba en una playa increíble, sin palabras. Para visitarlos habia que ofrecerles algo, así que preparamos dinerillo que era lo único que teníamos. Aparcamos la barca en la playa y nos fuimos a ver al jefe para entregarle la ofrenda...Una especie de patriarca en la familia de los gitanos, y es que un poco así vivían. La mayoría de la gente, no sé, habría como mucho 200 personas, vivían en chozas o en casitas enanas de todo una habitación, con todo lo que ello puede suponer. No les faltaba la Iglesia, ni la antena en medio para pillar algo de cobertura en los 2 teléfonos que debían tener en total. Las mujeres lavaban en cubos, vimos gente lavándose, incluida una señora depilándose en lo que allí sería casi como la plaza del pueblo. Todo muy, muy rudimentario. Tras conocer al patriarca, interactuar con algunos habitantes del lugar y conocer su ancestral forma de vida, Bill desaparcó la barca y seguimos con la ruta.

Era ya la hora de comer, y teníamos unas patatas dulces que Dan nos había preparado en un taper, pero no era suficiente. De hecho, él mismo había estado la noche anterior por ahí con su barca a ver si pescaba algo para alimentarnos. Al pobre se le dio mal, así que volvió sin nada. Pero esta gente no se rinde así como así. Plan B: Volviendo del poblado, Bill desplegó sus anzuelos y mientras volvíamos con el run run de la barca, íbamos esperando a ver si picaba alguno. Era demasiado tarde, así que la cosa no estaba saliendo del todo bien. Digamos que en un buen rato habíamos pescado el total de 0 piezas. Pero cuidado, que esta gente no se rinde tan fácilmente. Plan C: Veo al amigo de mi hombre que tuvo el placer de acompañarnos, sacar un arpón, más bien una vara de hierro junto a una especie de tirachinas para lanzar el arpón. Al parecer la cosa consistía en esperar al pez, lanzarle el arpón y recoger al pez. Desde el barco?, No. Ya se había fallado en demasiadas veces. Solución?. El fiyiano que se planta unas gafas de bucear, coge el arpón y se tira el mismo buceando es busca de algún pez. Hasta aquí ya parece lo suficientemente salvaje, pero no acaba aquí la cosa. Entretanto vemos que Bill arranca la barqueja para aparcar en una isla que estaría como a 1 o 2 Km. Según él, su amigo ya volvería nadando cuando tuviera los peces!!!. Ver para creer...Así que tras asumir que no era una broma paramos en aquella isla que sí que era auténticamente desierta. Nadie más, aparte de nosotros y Bill cortando palmeras con su cuchillo para encender la lumbre. A una cosa así de una hora volvió el otro, con 4 peces clavados en el arpón y disculpándose por si no era suficiente...pero claro, qué le íbamos a decir?. “No mira, vuelve a ver si pillas alguno más...” No era plan, así que nos apañamos. Asamos el pescado, como en supervivientes no,...pues creo recordar que en supervivientes tenían alguna olla. Lo nuestro fue directamente fuego y pescado encima. Pero bien, sanamente porque después quitaron la piel quemada con agua de mar. El siguiente paso fue mezclarlo con un poco de picante y lima que habíamos cogido del poblado. No daba un duro por eso y os diré que aunque parezca increíble, estaba mucho mejor que algunos pescados de restaurante. Sin aditivos, sin colorantes, sin conservantes, fresco, fresco,..qué más íbamos a pedir.

Con toda esta tarea ya se había hecho tarde, así que volvimos a casa, no sin antes parar en el resort rico a por provisiones y quedarnos allí para ver la puesta de sol. Mientras, Bill fue a la isla de enfrente a comprar un pollo para la cena. Como veis, muy a mano todo y muy cómodo. Decidimos entonces volver andando cruzando la isla a casa. Se hizo de noche pero con la luna y las estrellas que hay allí se tienta bastante bien. Pasó un rato cuando de pronto vemos a Dan, que cuál padre preocupado venía para buscarnos porque la cena estaba lista y nos estábamos demorando. Eso es atención y lo demás tonterías.
Esa noche cenamos y luego tocamos la guitarra con Dan. Él nos cantó canciones fiyianas y nosotros alguna española donde no faltó ese mítico Porompompero de Manolo Escobar, que quedará por siempre grabado en El Lago Azul.



Día cinco

El martes fue un día muy triste, porque había llegado la hora de partir. Una última vuelta para despedirnos por la isla con un calor insufrible, recogimos los trastos y preparados para marcharnos. No sin antes hacernos un reportaje para la página web que prometimos hacer sobre su resort. De hecho, aún me pregunto como lo encontramos. Con la típica flor roja en la cabeza que hasta los hombres se colocan orgullosos, y puestos en fila nos despidieron cantando. No pudimos estar a la altura, pero tuvimos que intentarlo con “Adios con el corazón”. Dan ese día justo tenía que ir a la isla principal a por comida, así que vino con nosotros. Pasó el barco grande, subimos, y me voy a ahorrar hablar sobre la intensa negociación para que nos devolvieran parte del dinero por no haber usado el pase de ida. Sinceramente teníamos razón cero, pero como había poco más que hacer durante 4 horas, revolucionamos a la tripulación, a las oficinas centrales...bueno, vale porque ya he dicho que no me iba a entretener con esto.... Tras parar de nuevo en todas las islas habidas y por haber para soltar y recoger gente llegamos a Nadi. Desde el momento en el que salimos del barco, no dejé de tener la sensación de que a nadie se le escapaba nuestra presencia. A decir verdad, era como un plan bien estructurado al que no se le escapaba detalle. Para empezar cogimos el autobús que nos llevaría al hotel, o motel más bien que habíamos contratado. Nada más llegar nos están diciendo que por problemas nos tenían que trasladar a otro. Temí por un instante el reinicio de nuevas negociaciones pero gracias a Dios que no. Llegamos al nuevo motel, o más bien albergue en un barrio que parecía increíblemente chungo. Solo decir que la única gente que conocimos fueron dos fiyianas recepcionistas, y los dos seguratas del lugar. Nos consiguieron un taxi para ir a cenar, un indio con una furgoneta que parecía que iba a desarmarse en cualquier momento. Por primera vez, al subir una ventanilla ví que esta salía de pico y no como procede. Nos recomendó un bar para cenar, así que seguimos su consejo. Llegamos y nos cobró, a ojo, aplicando una comisión por un pasajero extra, según él (este tema es importante por lo que pasó después). Bueno pues llegamos al lugar, nos prepararon una cena que estaba buena pero que a mí me sentó lo mal que no me había sentado el agua de lluvia o los peces a la brasa. El caso es que en un acto de “aparente normalidad”, la señora del bar nos ofrece buscarnos un taxi que nos llevara al único bar medio seguro de la ciudad. Qué casualdiad que de que nos damos cuenta tenemos allí al indio de nuevo con su furgoneteja. Subimos, andamos unas calles y de proooonto, notamos una voz que viene de atrás, cuando vemos salir a un tiote amigo suyo que iba en la parte maletero!. Lo dejó enseguida pero evidentemente ya sonaba a risa la comisión del pasajero extra que nos había cobrado antes..Dios mío!, si íriamos con ese ya por lo menos 3 o 4 extra!. Bueno, el caso es que nos llevó al bar. Bastó con decirle al tío que veníamos del punto más lejano para que sin negociar más nos hiciera una rebajilla. A las 2 horas de estar allí, tal y como habíamos acordado ya por eso de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, el indio estaba allí para recogernos. Ya era amigo, la verdad, y con lo que hablaba, entre idas y venidas yo ya me sabía su vida entera.
Al día siguiente habíamos quedado con un taxi para ir a conocer algo de la isla. Casualmente había dicho que nos lo apañaba la señora del bar tras acordar un paquete para toda la mañana. Y casualmente el taxi era una furgoneta con su marido, ella y su hija de unos 13 años como copilotas. Tras varias vueltas por la isla, con esas casas, los niños volviendo de la escuela en autobuses sin ventanas, las vacas pastando a sus anchas y otros ancestrales puntos varios, no nos sorprendimos cuando descubrimos que una de las ruedas estaba pinchada. Nadie se asustó, y de hecho parecía más que normal. Paramos a echarle un poco aire y problema solucionado durante al menos 10 minutos.




Acabamos la ruta en un templo hindú, donde tras negociar precios, condiciones para tirar fotos y la necesidad de descalzarse, conocimos a los múltiples dioses que tienen estos tíos. El templo era increíble de colores y pinturas, y esculturas con dioses raros. Y fruto de nuestra manía por enterarnos de todo acabamos hablando con un indio de túnica y punto en la frente, que si llegamos a esperar otros 10 minutos consigue convertirnos a todos al hinduísmo. Todo paz y amor...Un gusto de personas. Volvimos andando a la ciudad de Nadi, en el caos de sus calles corroborando la pobreza que ya habíamos percibido la noche anterior viendo la gente que dormía a la interperie. Que nadie me pregunte por qué, pero había una mayoría aplastante de tiendas de recambios y piezas de automóviles. También peluquerías, que serán para encrespar su consistente cabello, tiendas de la última moda, desde las típicas camisas de flores fiyianas hasta las típicas túnicas hindús para hombre y para mujer, algo así como la vestimenta para la danza de los siete velos. Esto no es casualidad. Es porque aparte de los malanesios y polinesios, están los indofiyianos (el 38% de la población).
Con la excusa de volver con algún souvenir nos paramos en un mercadillo artesanal: El paraíso del regateo. Mientras uno te llamaba para que fueras a su puesto, el otro te susurraba por debajo que te lo dejaba más barato, que no estaba su jefe, o que te lo rebajaba por ser tú!: Si 25 dólares te parecía caro, te pedían mi mejor oferta, así que yo ofrecía 5. El vendedor pedía 15, yo daba 5. El vendedor pedía 10 y yo acababa dando 6. Hay que decir que igual su precio real eran 3 o 4...
Tras las compras volvimos a las calles de Nadi donde no escapábamos a los ojos de nadie. Una vez más, la señora del restaurante estaba llamando desde una esquina por si se nos olvidaba que teníamos que ir a su restaurante!!. Por un momento nos separamos en dos grupos, pero no problem, porque entre ella, y la señora de una tienda de enfrente se dieron cuenta y nos reencontraron de nuevo. Así que lidiando entre todo aquello acabamos la peculiar vuelta. Luego volvimos al aeropuerto y vuelta a casa.
Cardenal en la planta de los piel, varios en las piernas, heridas de coral, alguna secuela más...Y aún así, nada nada como Fii, destino de vacaciones.