Paramos otro rato para alejarnos de nuevo de la gran ciudad y del ruído de los coches, de los eternos semáforos, de la supuesta civilización. Una vez más subidos en la máquina del tiempo, para nosotros cualquier línea aérea, a menudo la que más barata salga cuando los impulsos de viajar empiezan a tirarnos de la silla de la oficina. En este caso decidimos que lo mejor era volver al estado de Nothern Territory, allí donde lo urbano brilla por su ausencia, un sitio donde la naturaleza más salvaje te recuerda de nuevo que estás en Australia y no en La Mancha (donde lo más salvaje que puede ocurrirte es que se te cruce un oveja mientras atraviesas conduciendo la impoluta autovía de los viñedos).El sitio elegido era Darwin y alrededores, en este caso la tierra del conocido “Cocodrilo Dundee”. Concretamente nos dirigimos hasta el Paque Nacional Kakadu, Patrimonio de la Unesco, un parquecillo pequeño con una superficie similar a la del estado de Israel.
Sin tener la fortuna de conocerlos a todos, pudimos saludar al menos al señor cocodrilo, a las señoritas ranas, también a listillos águilas, a la familia bufalo, a los inquietos canguros...a salvajes caballos, a los antipáticos dingos, a enrevesadas serpientes... y como no... a la universal mosca cojonera en continua lucha por descansar sobre tí contra los insaciables mosquitos que se sirvieron al menos 2 litros de sangre por persona. Tampoco me olvido de la inmejorable compañía de hormigas, abejas, mariposas, y otros tantos hasta 10.000 como la gran millonada de termitas que trabajaban para decorar el parque construyendo termiteros de más de 3 metros de alto en algunos casos.
Sobre plantas puedo decir poco porque me defiendo menos...lo que sí descubrí es que hay vida más allá de los geranios del patio de mi abuela. Entre 1.600 plantas se escondían las más exóticas, raras, bonitas, medicinales....de hecho los antiguos aborígenes usaban muchas de ellas para sus unguentos y curas. De todas ellas probamos alguna como la fruta de la pasión. Como postre a este manjar, nos tomamos la libertad de chupar la cabeza (o el culo, quien sabe) verde de unas hormigas que al tacto con la lengua dejaban un dulce sabor a lima en la boca. Que nadie se asuste por favor, que para todo esto ya nos acampañaba un guía encargado de que probaramos solo los insectos y plantas cuyas propiedades venenosas pudiesen ser toleradas por nuestros cuerpos.
Este nuestro guía, George de la Jungla para mí, se encargó de enseñarnos a lo largo de 3 días, los secretos más increíbles de aquel parque. Todo ello en un Land Rover bajo 40º de justicia, cruzando campos de tierra, plantas y algún que otro charco con los avisos de Caution por ese bichillo que empieza por “coco” y acaba por “drilo”.
Para empezar los infinitos paisajes donde nos sentimos con complejo de Rey León. Para seguir los billabongs (de ahí la conocida marca de ropa), que digamos que eran pequeños lagos encerrados entre las rocas de las montañas, que se van creando y cambiando con el curso de los ríos, en este caso, según la época de lluvias (no soy muy buena explicando este tipo de cosas, ya lo sé). En estos billabongs nos bañamos, buceamos y hasta hubo quien se atrevió con los saltos mortales desde los peñascos más elevados.
Para empezar los infinitos paisajes donde nos sentimos con complejo de Rey León. Para seguir los billabongs (de ahí la conocida marca de ropa), que digamos que eran pequeños lagos encerrados entre las rocas de las montañas, que se van creando y cambiando con el curso de los ríos, en este caso, según la época de lluvias (no soy muy buena explicando este tipo de cosas, ya lo sé). En estos billabongs nos bañamos, buceamos y hasta hubo quien se atrevió con los saltos mortales desde los peñascos más elevados.
Una de las cosas por las que necesitabamos a George de la Jungla, es porque más que nadie sabía en qué billabongs podiamos bañarnos sin el peligro de ser acechados por ningún animalillo de la raza cocodrilo. Y es que si en Australia hay cocodrilos, digamos que al Kakadu le sobran ejemplares. A menudo los tiburones se llevan la peor fama en este país, pero digamos que los cocodrilos tampoco son amigos de fiar. Pueden medir entre 1 y 5 metros, de que no más, y de un simple movimiento pueden desplazarse el doble de su tamaño. Así que total para que te pillen pensando en otra cosa! Por suerte nuestra precaución nos tendió la mano y volvemos con todos los brazos puestos.
Tras largos días ya medio asalvajados, sin apenas manchas en la ropa y la piel, (sí muchas más que las que puedas recopilar tras un larg
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