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Día cuatro
El lunes no fue un lunes cualquiera. De hecho, fue lo más lejano posible a un lunes le
gañoso y aburrido. Aquél día Bill nos iba a llevar a conocer más a fondo las lindezas de vivir como salvajes.
Arrancamos la barqueja y para empezar paramos en una isla con cuevas sobre el agua, o con agua dentro de las cuevas...En verdad se me hace difícil explicar el concepto. Lo primero que nos encontramos nada más entrar a las cuevas fue a los negritos saltando al agua desde al menos 4 o 5 metros de altura, donde subian enganchados a las piedras como auténticos monos. Tras ver esos saltos estoy segura de que si no acaban en las Olimpiadas es porque no tienen fondos para financiarse...Bueno, a lo que iba, que nos adentramos en las cuevas y dice Bill que nos va a enseñar una muy chula. Yo emocionada ha
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sta que veo que ahora somos nosotros los que tenemos que subir en plan monos, pisando descalzos sobre piedras insufribles hasta alcanzar el agujero de la cueva, por el que ni pasando de canto tenías anchura suficiente. Me estaba negando hasta que me dí cuenta que la cosa iba en serio. Subí con tanta soltura que de nuevo descubrí cosas de mi cuerpo que no sabía. Que jamás me habría planteado yo que podían salir cardenales en las plantas de los pies...Y sí, aquellos morenitos evidentemente tenían un callo en los pies más fuerte que la suela de mis deportivas, pero yo, que pisando una china rabio, lo de menos fue que me saliera un cardenal por pisar sobre las rocas de punta. Con una linterneja ya dentro, no tardé en descubrir que ese había sido el obstáculo más fácil por el que tendría que pasar para salir de allí. Gracias a Dios que igual la cueva tenía 10 m
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etros de recorrido, porque si no Bill se come la linterna. Aún así repetimos en otra, con mucha más anchura, más fácil, mejor. Y una vez superada la prueba de fuego pues la verdad es que no fue para tanto. Así que si alguna vez, por cosas del destino decidís terminar allí, no dudeis en entregaros porque merece la pena....
Tras salir de las cuevas, partimos en busca de otra isla, la del poblado más grande de la zona, la gran urbe. Pero un poblado de verdad, sin nada de turisteo ni cosas de esas. Estaba en una playa increíble, sin palabras. Para visitarlos habia que ofrecerles algo, así que preparamos dinerillo que era lo único que teníamos. Aparcamos la barca en la playa y nos fuimos a ver al jefe para entregarle la ofrenda...Una especie de patriarca en la familia de los gitanos, y es que un poco así vivían. La mayoría de la gente, no sé, habría como mucho 200 personas, vivían en chozas o en casitas enanas de todo una habitación, con
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todo lo que ello puede suponer. No les faltaba la Iglesia, ni la antena en medio para pillar algo de cobertura en los 2 teléfonos que debían tener en total. Las mujeres lavaban en cubos, vimos gente lavándose, incluida una señora depilándose en lo que allí sería casi como la plaza del pueblo. Todo muy, muy rudimentario. Tras conocer al patriarca, interactuar con algunos habitantes del lugar y conocer su ancestral forma de vida, Bill desaparcó la barca y seguimos con la ruta.
Era ya la hora de comer, y teníamos unas patatas dulces que Dan nos había preparado en un taper, pero no era suficiente. De hecho, él mismo había estado la noche anterior por ahí con su barca a ver si pescaba algo para alimentarnos. Al pobre se le dio mal, así que volvió sin nada. Pero esta gente no se rinde así como así. Plan B: Volviendo del poblado, Bill desplegó sus anzuelos y mientras volvíamos con el run run de la barca,
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íbamos esperando a ver si picaba alguno. Era demasiado tarde, así que la cosa no estaba saliendo del todo bien. Digamos que en un buen rato habíamos pescado el total de 0 piezas. Pero cuidado, que esta gente no se rinde tan fácilmente. Plan C: Veo al amigo de mi hombre que tuvo el placer de acompañarnos, sacar un arpón, más bien una vara de hierro junto a una especie de tirachinas para lanzar el arpón. Al parecer la cosa consistía en esperar al pez, lanzarle el arpón y recoger al pez. Desde el barco?, No. Ya se había fallado en demasiadas veces. Solución?. El fiyiano que se planta unas gafas de bucear, coge el arpón y se tira el mismo buceando es busca de algún pez. Hasta aquí ya parece lo suficientemente salvaje, pero no acaba aquí la cosa. Entretanto vemos que Bil
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l arranca la barqueja para aparcar en una isla que estaría como a 1 o 2 Km. Según él, su amigo ya volvería nadando cuando tuviera los peces!!!. Ver para creer...Así que tras asumir que no era una broma paramos en aquella isla que sí que era auténticamente desierta. Nadie más, aparte de nosotros y Bill cortando palmeras con su cuchillo para encender la lumbre. A una cosa así de una hora volvió el otro, con 4 peces clavados en el arpón y disculpándose por si no era suficiente...pero claro, qué le íbamos a decir?. “No mira, vuelve a ver si pillas alguno más...” No era plan, así que nos apañamos. Asamos el pescado, como en supervivientes no,...pues creo recordar que en supervivientes tenían alguna olla. Lo nuestro fue directamente fuego y pescado encima. Pero bien, sanamente porque después quitaron la piel quemada con agua de mar. El siguiente paso fue mezclarlo con un poco de picante y lima que habíamos cogido del poblado. No daba un duro por eso y os diré que aunque parezca increíble, estaba mucho mejor que algunos pescados de restaurante. Sin aditivos, sin colorantes, sin conservantes, fresco, fresco,..qué más íbamos a pedir.
Con toda esta tarea ya se había hecho tarde, así que volvimos a casa, no sin antes parar en el resort rico a por provisiones y quedarnos allí para ver la puesta de sol. Mientras,
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Bill fue a la isla de enfrente a comprar un pollo para la cena. Como veis, muy a mano todo y muy cómodo. Decidimos entonces volver andando cruzando la isla a casa. Se hizo de noche pero con la luna y las estrellas que hay allí se tienta bastante bien. Pasó un rato cuando de pronto vemos a Dan, que cuál padre preocupado venía para buscarnos porque la cena estaba lista y nos estábamos demorando. Eso es atención y lo demás tonterías.
Esa noche cenamos y luego tocamos la guitarra con Dan. Él nos cantó canciones fiyianas y nosotros alguna española donde no faltó ese mítico Porompompero de Manolo Escobar, que quedará por siempre grabado en El Lago Azul.
Día cinco
El martes fue un día muy tris
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te, porque había llegado la hora de partir. Una última vuelta para despedirnos por la isla con un calor insufrible, recogimos los trastos y preparados para marcharnos. No sin antes hacernos un reportaje para la página web que prometimos hacer sobre su resort. De hecho, aún me pregunto como lo encontramos. Con la típica flor roja en la cabeza que hasta los hombres se colocan orgullosos, y puestos en fila nos despidieron cantando. No pudimos estar a la altura, pero tuvimos que intentarlo con “Adios con el corazón”. Dan ese día justo tenía que ir a la isla principal a por comida, así que vino con nosotros. Pasó el barco grande, subimos, y me voy a ahorrar hablar sobre la intensa negociación para que nos devolvieran parte del dinero por no haber usado el pase de ida. Sinceramente teníamos razón cero, pero como había poco más que hacer durante 4 hor
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as, revolucionamos a la tripulación, a las oficinas centrales...bueno, vale porque ya he dicho que no me iba a entretener con esto.... Tras parar de nuevo en todas las islas habidas y por haber para soltar y recoger gente llegamos a Nadi. Desde el momento en el que salimos del barco, no dejé de tener la sensación de que a nadie se le escapaba nuestra presencia. A decir verdad, era como un plan bien estructurado al que no se le escapaba detalle. Para empezar cogimos el autobús que nos llevaría al hotel, o motel más bien que habíamos contratado. Nada más llegar nos están diciendo que por problemas nos tenían que trasladar a otro. Temí por un instante el reinicio de nuevas negociaciones pero gracias a Dios que no. Llegamos al nuevo motel, o más bien albergue en un barrio que parecía increíblemente chungo. Solo decir que la única gente que conocimos fueron dos fiyianas recepcionistas, y los dos seguratas del lugar. Nos consiguieron un taxi para ir a cenar, un indio con una

furgoneta que parecía que iba a desarmarse en cualquier momento. Por primera vez, al subir una ventanilla ví que esta salía de pico y no como procede. Nos recomendó un bar para cenar, así que seguimos su consejo. Llegamos y nos cobró, a ojo, aplicando una comisión por un pasajero extra, según él (este tema es importante por lo que pasó después). Bueno pues llegamos al lugar, nos prepararon una cena que estaba buena pero que a mí me sentó lo mal que no me había sentado el agua de lluvia o los peces a la brasa. El caso es que en un acto de “aparente normalidad”, la señora del bar nos ofrece buscarnos un taxi que nos llevara al único bar medio seguro de la ciudad. Qué casualdiad que de que nos damos cuenta tenemos allí al indio de nuevo con su furgoneteja. Subimos, andamos unas calles y de proooonto, notamos una voz que viene de at

rás, cuando vemos salir a un tiote amigo suyo que iba en la parte maletero!. Lo dejó enseguida pero evidentemente ya sonaba a risa la comisión del pasajero extra que nos había cobrado antes..Dios mío!, si íriamos con ese ya por lo menos 3 o 4 extra!. Bueno, el caso es que nos llevó al bar. Bastó con decirle al tío que veníamos del punto más lejano para que sin negociar más nos hiciera una rebajilla. A las 2 horas de estar allí, tal y como habíamos acordado ya por eso de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, el indio estaba allí para recogernos. Ya era amigo, la verdad, y con lo que hablaba, entre idas y venidas yo ya me sabía su vida entera.
Al día siguiente habíamos quedado con un taxi para ir a conocer algo de la isla. Casualmente había dicho que nos lo apañaba la señora del bar tras acordar un paquete para toda la mañana. Y casualmente el taxi era una furgoneta con su marido, ella y su hija de unos 13 años como copilotas. Tras varias vueltas por la isla, con esas casas, los niños volviendo de la escuela en autobuses sin ventanas, las vacas pastando a sus anchas y otros ancestrales puntos vario

s, no nos sorprendimos cuando descubrimos que una de las ruedas estaba pinchada. Nadie se asustó, y de hecho parecía más que normal. Paramos a echarle un poco aire y problema solucionado durante al menos 10 minutos.
Acabamos la ruta en un templo hindú, donde tras negociar precios, condiciones para tirar fotos y la necesidad de descalzarse, conocimos a los múltiples dioses que tienen estos tíos. El templo era increíble de colores y pinturas, y esculturas con dioses raros. Y fruto de nuestra manía por enterarnos de todo acabamos hablando con un indio de túnica y punto en la frente, que si llegamos a esperar otros 10 minutos consigue convertirnos a todos al hinduísmo. Todo paz y amor...Un gusto de personas. Volvimos andando a la ciudad de Nadi, en el caos d

e sus calles corroborando la pobreza que ya habíamos percibido la noche anterior viendo la gente que dormía a la interperie. Que nadie me pregunte por qué, pero había una mayoría aplastante de tiendas de recambios y piezas de automóviles. También peluquerías, que serán para encrespar su consistente cabello, tiendas de la última moda, desde las típicas camisas de flores fiyianas hasta las típicas túnicas hindús para hombre y para mujer, algo así como la vestimenta para la danza de los siete velos. Esto no es casualidad. Es porque aparte de los malanesios y polinesios, están los indofiyianos (el 38% de la población).
Con la excusa de volver con algún souvenir nos paramos en un mercadillo artesanal: El paraíso del regateo. Mientras uno te llamaba para que fueras a su puesto, el otro te susurraba por debajo que te lo dejaba más barato, que no estaba su jefe, o que te lo rebajaba por ser tú!: Si 25 dólares te parecía caro, te pedían mi mejor oferta, así que yo ofrecía 5. El vendedor pedía 15, yo daba 5. El vendedor pedía 10 y yo acababa dando 6. Hay que decir que igual su precio real eran 3 o 4...
Tras las compras volvimos a las calles de Nadi donde no escapábamos a los ojos de nadie. Una vez más, la señora del restaurante estaba llamando desde una esquina por si se n

os olvidaba que teníamos que ir a su restaurante!!. Por un momento nos separamos en dos grupos, pero no problem, porque entre ella, y la señora de una tienda de enfrente se dieron cuenta y nos reencontraron de nuevo. Así que lidiando entre todo aquello acabamos la peculiar vuelta. Luego volvimos al aeropuerto y vuelta a casa.
Cardenal en la planta de los piel, varios en las piernas, heridas de coral, alguna secuela más...Y aún así, nada nada como Fii, destino de vacaciones.
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